Las elecciones celebradas el martes 3 de noviembre dejaron un escenario inesperado para el oficialismo estadounidense. Los demócratas consiguieron recuperar tanto la Cámara de Representantes como el Senado, en una jornada marcada por importantes victorias en estados tradicionalmente republicanos, como Texas y Carolina del Sur.
El resultado refleja el descontento de una parte del electorado con la gestión de Trump, especialmente por el costo de vida, el aumento de los precios de los combustibles y las consecuencias económicas de la guerra con Irán.
La derrota supone un importante desafío para el mandatario, que deberá gobernar con un Congreso controlado por la oposición durante los próximos dos años. Los demócratas tendrán mayor capacidad para bloquear iniciativas de la Casa Blanca, impulsar investigaciones y condicionar la agenda legislativa.
Tras conocerse los resultados, Trump intentó restarle responsabilidad personal al revés electoral, aunque reconoció la magnitud de las pérdidas republicanas. La nueva composición del Congreso abre una etapa de mayor tensión política en Estados Unidos y representa una señal de advertencia para el presidente de cara al tramo final de su mandato.